Los resultados de la elección presidencial, la derrota y la grieta – Al servicio de la verdad
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Los resultados de la elección presidencial, la derrota y la grieta – Al servicio de la verdad


Los resultados de la elección presidencial, la derrota y la grieta – Al servicio de la verdad

Comentario a un texto de Silvio Cúneo

Un texto de Silvio Cúneo nombra una herida real. No solo por el resultado electoral reciente, sino por algo más profundo: la sensación de que la memoria, el dolor acumulado y ciertas convicciones básicas sobre la dignidad humana ya no operan como dique frente al autoritarismo. Esa desolación es compartida. No conviene negarla ni disimularla. La derrota existe y duele, sobre todo cuando parece desmentir una historia que creíamos aprendida.

Silvio sugiere que hay experiencias culturales –la literatura, el arte, la sensibilidad que estas despiertan– difícilmente compatibles con el apoyo a figuras que reivindican la violencia de Estado. Entendemos ese gesto. La cultura, cuando es verdadera, expande la capacidad de ponerse en el lugar del otro y vuelve más compleja cualquier tentación de simplificar el mundo en términos de orden y castigo.

Pero quizá sea necesario correr un poco el foco. La historia chilena muestra que los grandes procesos de transformación no fueron protagonizados por una sociedad ampliamente ilustrada en el sentido clásico. La Unidad Popular se construyó con altos niveles de analfabetismo funcional y baja escolaridad formal, pero con una densísima experiencia colectiva: sindicatos, territorios, intercambio cotidiano, organización social, arte popular, música, teatro, murales. La cultura no era un bien de consumo ni una credencial simbólica; era una forma de estar juntos y de comprender el conflicto.

Tal vez la derrota que hoy enfrentamos no sea, en primer lugar, una derrota cultural entendida como falta de acceso a libros o referentes ilustrados. Tal vez sea algo más inquietante: una derrota de la experiencia compartida como forma de conocimiento político. Durante años, la política fue estrechando su campo de acción hasta quedar casi confinada al Parlamento, a los medios y a una retórica cada vez más autorreferente. En ese proceso, la lucha dejó de ser una escuela y el arte dejó de ser un lenguaje común para convertirse, muchas veces, en ornamento o señal de pertenencia.

Ese desplazamiento tiene consecuencias. Cuando la política se separa de la vida concreta, cuando deja de ofrecer espacios donde el dolor, el miedo y la incertidumbre puedan ser elaborados colectivamente, otros relatos ocupan ese vacío. La ultraderecha no avanza solo por la fuerza de sus mentiras o por su poder comunicacional, sino porque ofrece respuestas simples –y crueles– a experiencias reales de desamparo. No se trata de justificar ese avance, sino de comprenderlo para no repetir la impotencia.

En este sentido, el problema no es solo comunicacional ni se resuelve con mejores slogans. Tiene que ver con una fractura más profunda: el progresismo también fue dejando de confiar en la cultura, en el arte y en la organización social como espacios de formación sensible y política. No por falta de talento ni de buenas intenciones, sino porque se naturalizó la idea de que la transformación ocurre, ante todo, en el plano institucional. Cuando eso sucede, la política se vuelve liviana, incluso cuando su lenguaje es sofisticado.

Sin embargo, incluso en esta derrota, hay una grieta. Y por esa grieta entra algo de luz. No una promesa inmediata de victoria, ni una épica reparadora, sino una dirección posible. La historia muestra que los vínculos pueden volver a tejerse, que la cultura puede recuperar su espesor cuando deja de ser vitrina y vuelve a ser encuentro, cuando el arte no se ofrece como identidad cerrada sino como experiencia compartida.

Tal vez la tarea que se abre no sea la de conquistar rápidamente mayorías, sino la de rehabitar los espacios donde la vida común se piensa y se siente: territorios, escuelas, centros culturales, sindicatos, escenarios, conversaciones. No para enseñar desde arriba, sino para volver a aprender juntos. La memoria no se impone; se cultiva. Y la humanidad de una sociedad no se decreta: se construye en prácticas persistentes, muchas veces pequeñas, que devuelven sentido allí donde solo había ruido.

El texto de Silvio nos enfrenta a una verdad dolorosa. Tomarlo en serio implica no solo lamentar la derrota, sino preguntarnos cómo volver a hacer de la cultura, la lucha y la experiencia compartida un mismo gesto. Quizá esa sea la forma más humilde –y más necesaria– de dejar que la luz siga entrando por la grieta.

Por Jorge Coulon y Jaime Bravo:

Jaime Bravo es economista y presidente de la Corporación Encuentro Ciudadano.

Jorge Coulon es músico, escritor y gestor cultural, miembro fundador del grupo Inti Illimani.

Santiago, 15 de diciembre de 2025.

Crónica Digital.

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